Llamemos a las cosas por su nombre. Porque por mucho que se escape en decenas de tertulias y comentarios que Donald Trump está loco, debemos asumir que no. No lo está. Primero, por respeto a las personas con enfermedad mental que dan mil vueltas a Trump. Segundo, porque lo que tenemos enfrente es un tipo muy centrado. Un estratega puro con un plan imperialista que arrastrará lo que se le antoje, aunque ello produzca temor.
Quien padece locura presenta desconexión con la realidad. No tiene capacidad para anticipar ni siquiera las consecuencias de sus actos. Su comportamiento cambia de forma impredecible. Trump, en cambio, está muy conectado a la realidad. Sabe las consecuencias de lo que dice y hace. Y su comportamiento es de ideas fijas. No cumple ni una de las características de la locura. Sabe qué decir, cuándo decirlo y a quién dirigirlo. Su discurso no es caótico: es repetitivo, coherente y orientado a objetivos claros. En resumen, tiene un plan y está incluso redactado y avisado. Quienes digan que muchas de sus decisiones parecen absurdas o destructivas, olvidan que tienen un sentido pleno: provocar caos, mantener la atención que genera el conflicto y reducir el debate a dos opciones. Sabe qué frases generan reacción, titulares y lealtad de los suyos. Es política performativa, no locura. Creerse emperador del imperio y programarse como único salvador que rescata al mundo del mal da sentido a la frustración social.
Durante su primer mandato, ‘The Washington Post’ documentó más de 30.000 afirmaciones falsas o engañosas hechas por Trump. Es decir, sale a veintiún engaños diarios en cuatro años. Estas no son exageraciones aisladas, sino patrones constantes de distorsión de la realidad para generar la base del miedo. El historiador Snyder sostenía que «la posverdad prepara el terreno para el autoritarismo». Trump sabe que las narrativas simplificadas, repetidas y emocionalmente cargadas llegan más lejos que la verdad. Recuerden cuando Trump insistió en 2020 que la elección fue «robada» y «amañada» y luego, el asalto al Capitolio. Un tercio de los ciudadanos estadounidenses creía en la existencia de fraude electoral masivo. Por eso aquí, en España, copiaron en el PP un discurso muy parecido. Trump sabe que la atención es poder. En este maremágnum de saturación de información, donde la indignación genera más visibilidad que la moderación, él usa el escándalo como herramienta. No busca consenso, busca dominar el debate. Cada declaración extrema obliga a sus adversarios a reaccionar, desplazando cualquier otra agenda. No es locura, es oportunismo.
También hay cálculo comunicativo. Él, en lugar de retroceder ante la crítica, se vende como un «luchador contra el sistema» frente al enemigo. Calificar a Trump de loco tiene sus riesgos: despolitiza su acción y la reduce a un problema de personalidad. Pero Trump no está loco. Cuando se sale de decenas de acuerdos internacionales deja clara su estrategia de erosionar las instituciones que lo limitan para presentarse como la alternativa de un orden que, dice, es corrupto. Lo sostiene él, el primer presidente de Estados Unidos condenado.
Supongo que hay quien lo llama loco para calmarse, pensando que es un caso peculiar. La historiadora Ruth Ben-Ghiat defendía que «el error recurrente de las democracias es subestimar a los aspirantes a autócratas tratándolos como figuras ridículas». Decir que Trump está loco no lo debilita; lo protege mientras gana espacio.
El verdadero problema no es si tiene un grado de locura, sino que encarna una lógica de poder profundamente inquietante. Llamarlo loco nos evita asumir que el panorama es, en realidad, casi de terror: un proyecto político autoritario que se alimenta del miedo, del resentimiento y de la deslegitimación sistemática de cualquier límite institucional.
Nos iría mucho mejor si, en lugar de loco, usáramos palabras como emperador o fascismo. Solo llamando a las cosas por su nombre podemos saber a qué nos enfrentamos. Y él es una amenaza para la convivencia, por mucho que se crea el Premio Nobel de la Paz. Porque el fascismo entra disfrazado de espectáculo o provocación. Podemos engañarnos el tiempo que queramos, pero no nos lamentemos cuando sea demasiado tarde.
*Profesora de universidad y periodista.
