Se sabe poco de lo acordado entre Donald Trump y su leal secretario general de la OTAN, Mark Rutte, pero al menos se ha distendido un conflicto inédito, por su virulencia, entre los socios europeos de la Alianza Atlántica –más Canadá– y la Casa Blanca. Dinamarca asegura haber estado en la negociación de un preacuerdo que tiene aún muchas aristas por definir. Afecta tanto a su condición de aliado fiel de la OTAN, como a Estado miembro de la UE y la Alianza del que depende del territorio autónomo de Groenlandia. En las amplísimas competencias de la isla ártica, incluido el derecho a la autodeterminación, no entra ni la política exterior ni sobre todo defensa. En medios alemanes como el semanario ‘Der Spiegel’ han empezado a circular ya unos teóricos puntales en los que el Gobierno del canciller Friedrich Merz –presente en Davos– ha hecho valer también su influencia.
Uno de esos puntos clave es el acuerdo militar entre Dinamarca y Estados Unidos de 1951. La defensa de Groenlandia había quedado bajo la tutela de Estados Unidos durante la ocupación nazi del país nórdico, uno de los argumentos que suele esgrimir Donald Trump para reclamar ahora su derecho al control sobre la isla. El acuerdo fue suscrito tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y daba ya por entonces a Washington un amplio margen para desplegar soldados y ampliar las bases en Groenlandia. En la primera fase de la Guerra Fría, EEUU llegó a tener decenas de miles soldados en la isla. Pero en las décadas siguientes fue traspasando bases y equipamientos a Dinamarca. Actualmente su contingente está formado por apenas 200 soldados en su única base militar espacial, Pituffik, antes conocida como Thule por ser el nombre de su puerto.
Una actualización de ese acuerdo, como la que se hizo en 2004, le daría prácticamente carta blanca para extender esas bases. Tanto Copenhague como Nuuk, la capital groenlandesa, llevan meses mostrando su disposición a estrechar su cooperación militar con Washington. EEUU contempla el despliegue de la llamada ‘Cúpula Dorada’ o escudo antimisiles en el que Trump quiere invertir 175.000 millones de dólares. Su objetivo es, según el presidente, proteger al conjunto de la región ártica de China y Rusia. El preacuerdo incluye también el compromiso de los aliados europeos de la OTAN en reforzar la seguridad ártica.
Más complejo que el despliegue de escudo o el reforzamiento de la presencia militar europea, que asimismo anhelan tanto Copenhague como Nuuk, se perfila la ambición estadounidense de controlar las inversiones y recursos naturales de Groenlandia. El estatuto de autonomía otorga a la isla no solo el derecho a la autodeterminación, sino también las competencias sobre la gestión de sus recursos. El propósito declarado de Trump es impedir que la competencia china y rusa accedan a los tesoroes ocultos en tierras raras y minerales. Su extracción es compleja y sobre todo cara, ya que hay que perforar en un subsuelo gélido. Los beneficios son hipotéticos y basados en evaluaciones. Groenlandia no tiene las capacidades técnicas ni económicas para asumir grandes proyectos. Sucesivas iniciativas extranjeras por explotar sus recursos mineros se han estrellado por los obstáculos o incluso vetos impuestos desde el poder político autonómico.
A la renuncia por parte de Trump al uso de la fuerza militar, anunciada en su discurso de Davos, siguió la retirada de la amenaza de imponer nuevos aranceles a los aliados europeos que estos días pasados participaron en los misiones de exploración en la isla: Francia, Alemania, Suecia, Noruega, Finlandia, Países Bajos y Reino Unido, además de Dinamarca. Copenhague había invitado a sus aliados europeos a aumentar su presencia militar en la isla, con vistas a unas futuras maniobras con esos socios de la OTAN, aunque probablemente no bajo mando formal de la Alianza. La respuesta de europea fue positiva. Consistió en desplegar algo más de una treintena de oficiales, técnicos, expertos u observadores, que a los pocos días, de acuerdo a lo previsto, se retiraron. Pero el impacto mediático fue mayúsculo. El preacuerdo convierte esa implicación de los aliados europeos, que Trump interpretó como una afrenta, en interés compartido por Washington.
La respuesta de Trump a la llegada de los oficiales europeos al aeropuerto de Nuuk, seguida del compromiso de sumarse a la misión de otros países, fue sacar a colación la amenaza de aranceles, una de sus armas disuasorias preferidas desde que regresó a la Casa Blanca. Con el anuncio de su retirada se quitaron aristas a la cumbre extraordinaria de la UE convocada de urgencia para este jueves. Francia había invocado incluso al uso del instrumento anticoerción o ‘bazooka comercial’. Imponer “nuevos aranceles socavaría las relaciones transatlánticas”, afirmó el canciller Friedrich Merz desde Davos, visiblemente aliviado, en la primera intervención de la mañana tras el anuncio de Trump, la víspera. La alerta europea sigue en pie. Si Trump no cumple la palabra dada la noche anterior, “la respuesta de Europa sería unida, tranquila, mesurada y firme”, según Merz.
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