17 febrero, 2026

LGTBIfobia en el mundo del deporte: el precio por salir del armario siendo futbolista

Un estadio lleno puede aplaudir un gol y, al mismo tiempo, enfurecerse por algo tan simple como una manicura, una declaración de amor o una foto en redes. Hace unos días se viralizó la historia del árbitro Pascal Kaiser, que pidió matrimonio a su novio en un partido y después denunció amenazas y una agresión. En España, el nombre de Borja Iglesias también volvió a circular por un motivo relacionado: se pintó las uñas y recibió una avalancha de comentarios homófobos.

La pregunta, a dos días del Día Internacional contra la LGTBIfobia en el Deporte (19 de febrero), es incómoda, pero necesaria: si gestos «pequeños» aún provocan tanto ruido, ¿qué precio pagaría un futbolista por decir abiertamente «soy gay» en un vestuario masculino?

El 19 de febrero se conmemora en recuerdo de Justin Fashanu, primer futbolista profesional en declararse gay públicamente (1990). Aquella valentía tuvo un coste enorme, sufrió presión social, rechazo dentro y fuera del fútbol y acabó suicidándose en 1998. Su historia recuerda que la visibilidad puede ser un acto de coraje, pero también un riesgo cuando el entorno no acompaña.

La gran pregunta

Han pasado décadas, pero casos recientes como el de Kaiser nos devuelven a la realidad. La sociedad avanza, sí, pero no siempre al mismo ritmo en todos los lugares. Y hay un espacio que sigue resistiéndose. El fútbol masculino, todavía vive marcado por una idea rígida de lo que se supone que «debe ser» un hombre dentro y fuera del campo.

El fútbol «sigue siendo un reducto que resalta los valores más odiosos del machismo», explica David Lechón, fundador de la Asociación Deportiva Cierzo proLGTB+ de Zaragoza. Lleva más de veinte años creando un espacio seguro y trabajando por un deporte más inclusivo. Reconoce avances en otros ámbitos, pero insiste en que en el deporte —y especialmente en el fútbol— «queda mucho por hacer» frente a la LGTBIfobia.

¿Y por qué hay tan pocos futbolistas hombres que salgan del armario? Los psicólogos hablan de un cóctel de presiones. En el vestuario pesa una «masculinidad obligatoria»: bromas, códigos y la necesidad de encajar, donde si eres diferente, el objetivo suele ser pasar desapercibido. Fuera, la exposición se multiplica: gradas, redes sociales y titulares que pueden convertir una vida privada en un foco constante. Y no hace falta pensar en un gran estadio, la LGTBIfobia también aparece en insultos desde la valla de un campo escolar.

Si hablamos de élite, Lechón añade un factor más. «Los grandes clubes están dirigidos por personas muy conservadoras» y, según su experiencia, esa mentalidad puede traducirse en presiones internas e incluso en intentos de control sobre la vida personal. El resultado es un círculo difícil de romper. De hecho, tanto es así que durante la elaboración de este reportaje no hemos logrado contactar con ningún jugador o exjugador gay que quiera hablar. Y no será por falta de intentos, pero «nadie conoce a nadie». Ese silencio, por sí solo, ya dice mucho.

En el fútbol femenino

La pregunta cambia de escenario, pero no desaparece, ¿en el fútbol femenino hay menos LGTBIfobia o es distinta? Lechón cree que «hay la misma», aunque con un matiz, la visibilidad mediática. «El masculino está mucho más presente en medios e internet; si no se ve el femenino, tampoco se ve con la misma intensidad la LGTBIfobia que lo persigue».

Carolina Bonel pone rostro a esa idea. Tiene 20 años y jugó en un equipo de Zaragoza desde los 8 hasta los 17. Para ella, «salir del armario con el equipo fue como salir del armario en el instituto». «No fue fácil», pero sus compañeras la apoyaron «en todo momento». Cuando habla de discriminación, no la sitúa tanto dentro del vestuario como en el entorno. «Fuera del campo he tenido que aguantar comentarios como todas las mujeres que juegan al fútbol son lesbianas» y remata con la idea clave de que «también ese prejuicio es una forma de violencia que hay que atajar».

El banquillo también educa

En el otro lado del campo, el banquillo puede ser un altavoz o un refugio. Alejandro García, entrenador de la selección aragonesa femenina Sub-14, dice que esta discriminación «no siempre se hace evidente», pero aparece en pequeños gestos: «Una persona en la grada grita algo y contamina a los de al lado». Después de años visitando campos, sigue sin entender por qué para protestar un penalti o una falta algunos atacan la orientación sexual, «cuando no tiene nada que ver».

Para abordar el tema con adolescentes, lo tiene claro, la clave es la educación y respeto. Destaca que «igual que se respetan las creencias religiosas o la procedencia, también se debería respetar la orientación sexual». Y, sobre diferencias entre fútbol masculino y femenino, su respuesta es directa, ya que para él la LGTBIfobia «es violencia se vea donde se vea» y «no debe ser tolerada».

¿Cómo vemos el futuro?

Cuando les preguntamos por el futuro, las respuestas se parecen, hay avances, pero faltan cambios profundos. Lechón cree que para mover de verdad el fútbol «tienen que cambiar las personas que lo dirigen» y que «poner una bandera» no basta si no hay campañas grandes y un trabajo sostenido. Carolina es más positiva cree que «cada vez hay más respeto» y espera y desea que «nadie lo tenga difícil para poder dar ese paso, se sienta libre y lo pueda afrontar sin miedo al rechazo».

Alejandro propone una idea provocadora y «ojalá el 19 de febrero no hiciera falta». Recuerda una reflexión de Morgan Freeman sobre que “la mejor forma de combatir el racismo no es convertirlo en una etiqueta permanente, sino integrarlo en la vida cotidiana hasta que deje de ser una excepción”. Aplicado al deporte, su deseo es simple: que hablar de orientación sexual no sea un tema «especial», sino algo normal.

El silencio también habla

El 19 de febrero no está para «cumplir» con una fecha, sino para recordar que el fútbol —que presume de ser un idioma universal— aún tiene palabras que cuesta pronunciar.

Y quizá lo más revelador de este reportaje no sea solo lo que dicen David, Carolina o Alejandro, sino lo que cuesta conseguir la voz de un futbolista gay. El silencio también habla. Si el fútbol es un equipo, la pregunta también lo es: ¿qué tiene que cambiar para que salir del armario no sea noticia, sino normalidad?

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