17 febrero, 2026

Machismo con voz de mujer

No compro la teoría de que el mayor enemigo de una mujer es otra mujer. Sabemos quiénes nos matan, nos violan y nos agreden. Y, con la estadística en la mano, no son las mujeres. Pero hay otras formas de dañar y, ahí, algunas lo ponen muy complicado. Desde los orígenes del patriarcado nos hicieron rivales. Dictaron quién es buena y mala mujer. Las bodas eran un proceso de selección, donde contaba la dote, el poder del padre o la capacidad de engendrar y la belleza. Casarse y ser madre era la única salvación para «ser» en una sociedad donde las mujeres eran un cero a la izquierda.

El machismo no ha desaparecido y disfruta con mujeres que se atacan. Es lo que buscan: separarnos y aislarnos. El machismo teme a la alianza entre mujeres. Ojo, alianza entre mujeres que vayan en contra de ese machismo, no que lo refuerce. En esos casos, están encantados. La escritora Kate Millett decía que las mujeres ponen empeño en mejorar las relaciones con los hombres, pero que lo más importante es cambiar las relaciones entre ellas.

Nadie nace feminista, no lo determina la biología. Y eso podemos verlo en muchas conversaciones cotidianas o en tertulias televisivas. Por ejemplo, el debate de La noche en 24 horas. Dos periodistas varones, Javier Casqueiro y Antón Losada, analizaban con más rigor el caso de la víctima de Móstoles en el PP en comparación con dos mujeres periodistas en la misma mesa, sin revictimizar, y combatiendo los sesgos de este tipo de informaciones. También, en La Sexta Xplica, Antonio Ruiz Valdivia sentenció, para cerrar el mismo tema de debate, que «esto acabará cuando los hombres queramos». Esa generalización, dicha en boca de periodistas feministas, va acompañada siempre de días de señalamiento en redes sociales, y hasta de la propia profesión. Así que se agradece que eso lo digan ellos, que parece ofender menos.

Esta semana hubo otro ataque a la tertuliana Sarah Santaolalla. Por parte de una mujer, Rosa Belmonte, en el programa El Hormiguero. La frase machista e intolerable de «medio tonta, medio tetas», para referirse a una compañera. Nadie le llamó la atención. Horas después pidió disculpas, pero sin citar el nombre de Sarah.

Ojalá se aprendiera y se aplicara algo muy sencillo. Se puede criticar nuestra opinión o nuestras formas, pero ni nuestra voz, ni nuestro cuerpo, ni nuestra cara, ni nuestro acento son tema de debate. Y eso no significa que las mujeres sean intocables. Debate ideológico y argumentado entre nosotras, todo. Pero humillar, a través de la sexualización y el insulto, es el machismo de siempre. Quizás se hace para «sobrevivir» en entornos machistas, para sentirse validada o por decenas de razones más. Pero cuando atacamos a otra mujer con argumentos machistas, al final estamos reforzando el mismo sistema que nos perjudica. No tenemos que estar de acuerdo entre todas, pero no necesitamos usar ideas machistas. El verdadero poder de la mujer no está en humillar a otra, sino en no dejarse humillar jamás. Eso es lo que aprendimos del feminismo.

*Profesora de la UOC y periodista

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