La neuróloga Mercè Boada, directora médica de Ace Alzheimer Center Barcelona, reflexiona en EL PERIÓDICO sobre el sesgo de género que atraviesa a la enfermedad de alzhéimer con motivo del Día Internacional de la Mujer, este 8 de marzo.
¿El alzhéimer afecta por igual a hombres y mujeres?
Cuando miramos la incidencia, es decir, los casos nuevos, más o menos es similar entre hombres y mujeres. Pero cuando vemos los diagnósticos y las personas que llegan a consulta, sí que hay un predominio femenino: aproximadamente un 60% son mujeres y un 40%, hombres. Y a escala global también se observa algo parecido: alrededor de entre un 60% y 65% de diagnósticos son en mujeres.
¿Y a qué se atribuye ese predominio?
No lo sabemos bien. No hay una explicación única. Pero de esa cifra sale un dato importante: se dice que el alzhéimer es ‘una enfermedad femenina’ no solo porque hay más mujeres diagnosticadas, sino porque, además, la mayoría de cuidadores son mujeres. No solo hay más mujeres con la enfermedad, sino que también son mayoritariamente quienes cuidan.
¿Quién asume el cuidado en la práctica?
Hay una jerarquía muy clara. La primera cuidadora suele ser la esposa. La segunda, la hija mayor. Y la tercera, muchas veces, es la mujer del hijo mayor. Esto se vio en un estudio de la Mediterranean Alzheimer Alliance, donde participaron mujeres de distintos países del arco mediterráneo. El patrón era muy parecido. En algunos lugares era aún más marcado.
¿Por qué este peso recae tanto en las mujeres?
Porque culturalmente a las mujeres se nos ha enseñado a cuidar de la casa, de los hijos, de los mayores. El problema es que, a la vez, las mujeres han entrado de lleno en el mundo laboral. Y entonces surge la pregunta: ¿quién cuida? Ese reparto de la carga no se cambia de un día para otro, es un cambio cultural. Y además hay un componente de estigma y culpa: la idea de que, si una mujer no cuida, es mala madre, mala hija o mala esposa. Eso pesa muchísimo.
¿Se ve reflejado en consulta?
Sí, y con situaciones duras. Hemos escuchado casos de mujeres que decían: “Yo me quería separar, pero ahora me dicen que mi marido tiene demencia y por un tema moral y ético me quedo a cuidarlo”. También hemos visto situaciones muy generosas y complejas de familias reconstituidas, donde la pareja actual y la expareja acaban coordinándose por el cuidado.
¿Qué pasa con las familias donde no hay un cuidador?
Cuando se recibe el diagnóstico, no siempre está claro quién asumirá el rol de cuidador. Hay un grupo considerable de personas con demencia muy leve en cuya familia no se identifica cuidador o directamente no lo tienen. Y cuando miramos dentro de ese grupo, aparece algo llamativo: una parte importante son mujeres que viven solas. Mujeres con demencia que siguen funcionando de manera autónoma, a veces sin pedir ayuda, porque están acostumbradas a gestionar la casa, la comida, las compras… Lo que estas mujeres hacen es reducir la complejidad del día a día: cenas simples, rutinas muy estables, un círculo pequeño. Y así pueden aguantar mucho tiempo solas… Hasta que cometen un ‘disparate’, como dejar el gas abierto, dormir con la puerta abierta… Un despiste que provoca un problema serio. Y muchas veces ni ellas ni el entorno piden ayuda a tiempo.
A menudo se apunta a la menopausia y a los estrógenos como causa de que el alzhéimer afecta más a las mujeres.
Se ha planteado como hipótesis, pero no hay una explicación cerrada. Se hizo mucha investigación sobre el estado hormonal y se estudiaron tratamientos con estrógenos para mejorar el rendimiento cognitivo, pero hubo grandes estudios donde se vio que en algunas mujeres podía empeorar. Lo que sí sabemos es que la menopausia implica un cambio sistémico fuerte: energía, estado de ánimo, sensación de soledad, depresión… Y todo eso puede hacer que el rendimiento cognitivo baje en una etapa. Luego, con el tiempo, el cuerpo puede adaptarse.
¿Cómo viven las mujeres el miedo a la demencia?
Muchas expresan una idea muy repetida: “No quiero que me cuiden, no quiero ser una carga, no quiero molestar a la familia”. Quieren mantenerse autónomas para no dar trabajo y eso también influye en cómo piden —o no— ayuda.
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