El mundo tembló esta semana por la decisión de Donald Trump de imponer aranceles generales del 10 por ciento a las importaciones de todos los países, que, en algunos casos, son mayores, principalmente para China y la Unión Europea.
En primer lugar, esto significa romper con la tradición liberal de Estados Unidos, romper con la idea del libre mercado por encima de todo, lo que se pregonó durante décadas desde Washington y que hoy siguen repitiendo como una letanía algunos fanáticos como Milei y Caputo, entre tantos.
Lo que hace Donald Trump, es terminar con esa idea de que el mercado se regula solo, y adoptar un proteccionismo comercial que, históricamente, estuvo atribuido a la izquierda, o en Argentina al peronismo. Lo que está haciendo Trump es todo lo que gente como Milei, Caputo, Sturzenegger o Espert detestan: intervencionismo del Estado en la economía.
No es que esté mal ni bien en sí mismo ese intervencionismo, la cuestión es ver cómo y para qué. En este caso hay dos problemas principales.
El primer problema es que Donald Trump adopta este proteccionismo de golpe, y violando acuerdos previos. En definitiva, tampoco debería sorprender mucho, porque Estados Unidos ha demostrado a lo largo de su historia una tradición de no respetar acuerdos ni hacer honor a sus compromisos. De todos modos, sigue llamando la atención el desprecio de Trump por las reglas y por la comunidad internacional.
El otro problema es para qué lo hace Donald Trump. En general, durante la historia, los países que han adoptado políticas proteccionistas, lo han hecho como parte de una estrategia mayor destinada al desarrollo nacional, o lo que en Argentina se llamó “políticas de sustitución de importaciones”. Esas estrategias generalmente eran a largo plazo y venían acompañadas de mayores derechos a los y las trabajadoras, como sucedió durante los gobiernos peronistas, y, en menor medida, desarrollistas. En este caso de la actualidad de Estados Unidos, Trump va justamente en el sentido contrario: está quitando sistemáticamente derechos a su propia población, recortando presupuestos en todas las áreas, pero llamativamente también en salud y educación.
Por lo tanto, el nuevo presidente de Estados Unidos adopta estas medidas proteccionistas no para desarrollar a su país, sino con un fin meramente recaudatorio y de corto plazo.
Manotazo de ahogado
Estados Unidos tiene un déficit fiscal equivalente a casi su Producto Bruto Interno, es decir, a todo lo que produce el país. A eso se suma que las grandes empresas hoy son empresas de servicios y no productivas, principalmente de servicios on line. Por ejemplo, Amazon, X (ex Twitter), Facebook o Meta, etc. Ya se habla de una nueva era en la que el capitalismo está involucionando hacia una especie de nuevo feudalismo, donde los super ricos son los dueños de un terreno que no es de tierra sino de ciberespacio. Elon Musk, Jeff Bezos o Mark Zuckerberg, por nombrar algunos, son “nubelistas”, dueños de la nube, un espacio fundamental para vender cualquier cosa, que ellos alquilan a los verdaderos capitalistas. Pero son ellos los que cortan la torta, y no producen nada. A todo esto, se suma la deuda externa de Estados Unidos, gran parte de la cual (dicen que 800 mil millones de dólares) está en manos de China. Y, por último, el déficit de la balanza comercial, que es, básicamente, que con algunos países pierde en el balance de importaciones-exportaciones.
En ese contexto, Trump busca el atajo, o incluso, el manotazo de ahogado. Como en otros muchos aspectos, al frente del país él se está comportando mucho más como un empresario (como lo que es) que como un estadista (que no lo es). Resultado: improvisación, decisiones impulsivas, prepotencia y la vieja táctica de algunos empresarios del regateo, es decir, golpear la mesa pidiendo mucho para después negociar menos. Trump se cree que está definiendo uno de sus negocios inmobiliarios. O, peor aún, que está regateando en un mercado de pulgas.
Por eso, amenaza a México o a Canadá con aranceles exorbitantes y luego baja un poco, y así va haciendo con diferentes países o bloques comerciales. Además, confunde y miente cuando quiere explicar sus decisiones. Dice que son basadas en la reciprocidad, pero los otros países no le aplicaban a Estados Unidos este tipo de aranceles. Lo que sucede es que un país o un bloque exporta más a Estados Unidos que lo que importa de él, y eso es lo que Trump quiere compensar con los aranceles. Es como comparar peras con bananas, aunque el objetivo de él sea equilibrar esa balanza comercial.
Y es miope y de corto alcance, justamente por su visión empresaria cortoplacista y poco estratégica. Cuando los chinos piensan en los próximos 50 años, él piensa en los próximos 5 meses. Puede ser que en lo inmediato la empresa que exporta a los Estados Unidos no tenga más remedio que pagar esos aranceles nuevos, pero a la larga, en un mundo que cada vez es más multipolar, lo que pasará es que se encontrarán nuevos mercados, los melones se irán acomodando en la caja del Rastrojero, y el perjudicado será el propio Estados Unidos.
Incluso en lo inmediato, lo que sucederá es que ese producto que pague nuevos aranceles o no entrará más, o entrará más caro. Con lo cual, quienes notarán el perjuicio, serán los ciudadanos estadounidenses cuando vayan a la ferretería, al supermercado o cuando compren un auto. Y muchos de esos ciudadanos son justamente la base electoral de Trump y de la derecha.