Raphinha, cerca de La Meca, tuvo el don de la ubicuidad. Raphinha, la materialización de un líder, salió en defensa del compañero golpeado, aportó el esfuerzo defensivo cuando la jugada lo exigía y, lo más visible, puso el gol. O los goles. Dos en la final, al igual que en la semifinal ante el Athletic. De la estirpe de futbolistas que fusionan el martillo con el abrillantador. De los que tocan la corneta y los demás siguen. Un jugador total sobre cuyos lomos cabalgó el Barça hacia la conquista de la Supercopa. Sobre su inspiración y también sobre las siete paradas de Joan Garcia.
El brasileño, el futbolista más infravalorado en los premios individuales de la última temporada, realizó una declaración de personalidad a los 15 minutos de partido, cuando bajó a cortar un avance a la carrera de Vinicius. Cuando corre Vinicius, ya se sabe que la cosa va a gran velocidad. Y más este domingo, revitalizado el extremo de carácter sinuoso. Y ahí estaba Raphinha para desviar el balón a córner. Celebró su propia acción apretando los puños, como cuando se festeja un gol. Liderazgo desde cualquier rincón del campo, declaración temprana de intenciones.
Liderazgo también en la defensa de los suyos. Lamine Yamal recibió un golpe al tobillo por parte de Carreras, al que se le fue el pie. Y el primero en saltar a la trinchera, cómo no, fue él, uno de los cinco capitanes de la plantilla, aunque resulta extraño que no sea el primero, que Frenkie de Jong, por ejemplo, le pase por delante como portador del brazalete. Las dinámicas de vestuario son muy particulares.
Volvió a comparecer cuando Asencio pateó a Pedri, evocando un feo entradón de Sergio Ramos a Leo Messi en uno de aquellos duelos broncos de la era de Mourinho. Frenar por lo civil o por lo criminal. Y ahí volvió a presentarse el brasileño, aunque se llevó por el camino un empujón de Valverde. Lo dicho, presencia ubicua.
Marcó Raphinha el primer gol después de haber cometido un minuto antes un error impropio de él en el remate. Pero puede fallar una vez, no dos. No hay nadie como Raphinha provocando rupturas, encontrando los espacios, y en una de esas dejó tendido en el césped a Courtois en el 1-0.
Los jugadores del Barça celebran la conquista de la Supercopa en Arabia Saudí. / Altaf Qadri / AP
Su omnipresencia volvió a constatarse en la acción que supuso el gol de Gonzalo, el 2-2. Con las rastas salvó que el balón entrara por la escuadra. Pero la acción continuó, llegó el empate y quedó un escenario para que se pusiera la capa de héroe. El 3-2 fue con la derecha, resbalando y rozando a Asencio. Un gol de una estética particular. Tampoco le quedan bien las gafas de sol que se puso para festejar los éxitos, también esta Supercopa, pero qué más da. “Si trabajas duro, la suerte va colgada contigo”, dijo al final.
A Raphinha se le necesita para todo. Porque es un competidor nato, porque no es el más veloz, ni un regateador, pero su presencia es abrumadora. Inspira, muerde, aprieta los dientes y sabe chutar. Vaya si sabe chutar. “Nos aporta muchísimo. La gente no lo valoró suficientemente la temporada pasada, pero para nosotros es un crack”, resumió Pedri. El delantero fue declarado el MVP del torneo. Qué menos.
Joan Garcia salva un remate de Vinicius en la primera parte. / Altaf Qadri / AP
Por cierto, este domingo Joan Garcia disputó su primer partido contra el Madrid con el escudo del Barça y su aplomo resultó decisivo. Se le contabilizaron siete paradas, pero dos de ellas en los últimos estertores del encuentro, cuando su seguridad era necesaria y no se resquebrajó. Le ayudaron que fueron remates frígidos, tiritos que le llegaron cortos de potencia y centrados. Salvó el trabajo previo de Raphinha, reemplazado a tres minutos del final, exhausto. Se ganó el descanso. Y la celebración, aunque fuera con esas gafas que dice que son talismán. “Tenía que traerlas sí o sí. Es superstición”, reveló el brasileño.
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