9 enero, 2026

Trump y los ecos de la Guerra Fría

Hace semanas que una exposición que recorre Europa tiene abiertas sus puertas en Barcelona, antes estuvo en Madrid. Musealia ha vuelto a iluminar al público con su última propuesta de recreación documentada de la historia, y tras su apabullante exposición sobre Auschwitz y el terror nazi, ahora nos mete de lleno en el Berlín que levantó y décadas después demolió el muro que dividía no solo a la ciudad, sino a dos mundos, Occidente y Oriente separados físicamente por una muralla de cemento y el miedo a las balas si se saltaba. Lo asombroso de revisitar una historia que nace con la derrota de Hitler y el reparto del botín entre las potencias vencedoras es todo lo que no es en sí el muro y los pobres berlineses de la calle Bernauer Strasse, donde se trazó la línea divisoria y que saltaron literalmente por las ventanas de sus casas como si la falla de San Andrés se hubiera abierto a sus pies.

Una entra a ver una exposición de historia con mayúsculas del siglo XX y se topa con la Guerra Fría y el pánico nuclear, la carrera armamentística de Rusia y Estados Unidos, con Eisenhower, Kennedy, Nixon, Reagan o Bush avivando movimientos desestabilizadores en la escalada de tensión sobre América Latina, para combatir la creciente influencia ideológica de los soviéticos en el área que los norteamericanos siempre han considerado su «patio trasero». Desde Guatemala en 1954 hasta la invasión de Panamá en 1989, la doctrina Monroe, ideada por EEUU hace 200 años para defender su integridad territorial, se desempolvó con pretextos ideológicos, y la CIA y sus operaciones más o menos encubiertas ocuparon el espacio político propio de la diplomacia internacional. Berlín y su muro fueron el kilómetro cero de un fenómeno de consecuencias inimaginables, con réplicas y reacciones en cadena que llegaron al último rincón del mundo.

Es dejar atrás la última cortinilla de la exposición inmersiva para salir a una realidad, décadas después, que parece una peligrosa imitación de métodos que parecían superados. La guerra de Ucrania abrió un ciclo que se alarga en el tiempo y no, aunque Google Trends nos muestre que buscamos insistentemente señales que apunten o descarten una posible tercera guerra mundial, no estamos en ese punto. Solo asistimos a puestas en escena ochenteras, de tiempos que creíamos superados, y contra los que nos imaginábamos protegidos por la Unión Europea: la caída del muro de Berlín en 1989 fue un catalizador para el despliegue definitivo del proyecto europeo que dio al tablero político mundial una serenidad ahora amenazada por actuaciones como la de Trump en Venezuela, que renueva el «América para los americanos» que emana la doctrina Monroe original por el «América primero». Y la América de Trump, sedienta de recursos naturales, también mira a Groenlandia.

Ya no es su patio trasero habitual, sino un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, y si Europa se ha mostrado cautelosa hasta ahora en la respuesta ante los excesos de Trump, su posición va a quedar mucho más comprometida en esta coyuntura. Ya no será Venezuela o la amenaza latente que pesa sobre el futuro de Cuba, lo que estará en juego.

*Subdirectora de El Periódico

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